Tras Davos se instaura un nuevo ¿Orden? Mundial

Davos, la cita anual en la ciudad suiza que sirve para que las élites del planeta evalúen, o hagan control de daños, sobre cómo les fue el año próximo pasado y cómo esperan que les vaya a sus negocios, corporaciones o naciones en el que transcurre. Tuvo este año una disrupción particular: la alianza del Atlántico Norte expuso ante el mundo sus costuras y más aún sus irreconciliables puntos de vista sobre el futuro.

La manzana de la discordia es nada más y nada menos que la primera potencia del mundo Estados Unidos y sus inquietantes amenazas contra quienes desde hace más de un siglo han sido sus aliados históricos: las naciones europeas y su pacífica y colaboradora vecina, Canadá .

El empeño de Washington por Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, ha puesto en tela de juicio todo lo que la Alianza del Atlántico suponía para el Orden Mundial.

Estados Unidos, o la administración de Donald Trump para ser específicos, ha sacrificado el pacto geopolítico y económico que dominó al mundo tras la Segunda Guerra y ha decidido tratar a sus aliados como si de trataran de verdaderos enemigos. Impuestos, tarifas, amenazas, burlas y atropello al derecho internacional, a los acuerdos y a los líderes del Viejo Continente es la orden del día y en Davos quedó más que expuesta a los ojos de todos, especialmente de la élite global.

Pero para sorpresa del mundo, no fue precisamente de las economías más fuertes, ni de las naciones más «poderosas» sino precisamente de la serena vecina: Canadá, de dónde surgió una respuesta. Su primer ministro Mark Carney decidió no hacerse el loco y llamar las cosas por su nombre y contestarle a las amenazas con dignidad. Lo que no hizo Francia, ni Alemania, ni la propia Inglaterra, lo hizo Canadá, y lo hizo porque al igual que Groenlandia ha sido víctima de las amenazas de la Casa Blanca, del irrespeto de Washington.

«Esta ficción era útil debido a los beneficios que proporcionaba la hegemonía de EEUU. Así que participamos en los rituales. Y en gran medida evitamos señalar las discrepancias entre la retórica y la realidad», dijo Carney ante sus selectiva audiencia.

Y remató: «Este acuerdo ya no funciona. Permítanme ser directo. Estamos en medio de una ruptura, no de una transición… No se puede vivir con la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de la propia subordinación».

Así fue como Canadá gritó al mundo lo que todo el mundo ya venía presenciando abismado: el viejo orden murió y las utopías se han esfumado. Ahora nace un nuevo ¿Orden? O el desorden absoluto entre la hegemonía y su desespero por sostenerse en el poder.  Y las distopías florecen por doquier mientras la historia se reacomoda.

“Europa tiene un nuevo líder”, editorializa El País de España, “lástima que sea canadiense”. Trump retrocede mientras celebra el primer aniversario de su segundo mandato y todavía no se cree que su plan de «paz» para Gaza, un paraíso inmobiliario supuesto a construirse sobre las ruinas de un genocidio deplorable. No se cree que tras su derroche de poder, el mundo le objete sus delirios.

Davos, la cita anual en la ciudad suiza que sirve para que las élites del planeta evalúen, o hagan control de daños, sobre cómo les fue el año próximo pasado y cómo esperan que les vaya a sus negocios, corporaciones o naciones en el que transcurre. Tuvo este año una disrupción particular: la alianza del Atlántico Norte expuso ante el mundo sus costuras y más aún sus irreconciliables puntos de vista sobre el futuro.

La manzana de la discordia es nada más y nada menos que la primera potencia del mundo Estados Unidos y sus inquietantes amenazas contra quienes desde hace más de un siglo han sido sus aliados históricos: las naciones europeas y su pacífica y colaboradora vecina, Canadá .

El empeño de Washington por Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, ha puesto en tela de juicio todo lo que la Alianza del Atlántico suponía para el Orden Mundial.

Estados Unidos, o la administración de Donald Trump para ser específicos, ha sacrificado el pacto geopolítico y económico que dominó al mundo tras la Segunda Guerra y ha decidido tratar a sus aliados como si de trataran de verdaderos enemigos. Impuestos, tarifas, amenazas, burlas y atropello al derecho internacional, a los acuerdos y a los líderes del Viejo Continente es la orden del día y en Davos quedó más que expuesta a los ojos de todos, especialmente de la élite global.

Pero para sorpresa del mundo, no fue precisamente de las economías más fuertes, ni de las naciones más «poderosas» sino precisamente de la serena vecina: Canadá, de dónde surgió una respuesta. Su primer ministro Mark Carney decidió no hacerse el loco y llamar las cosas por su nombre y contestarle a las amenazas con dignidad. Lo que no hizo Francia, ni Alemania, ni la propia Inglaterra, lo hizo Canadá, y lo hizo porque al igual que Groenlandia ha sido víctima de las amenazas de la Casa Blanca, del irrespeto de Washington.

«Esta ficción era útil debido a los beneficios que proporcionaba la hegemonía de EEUU. Así que participamos en los rituales. Y en gran medida evitamos señalar las discrepancias entre la retórica y la realidad», dijo Carney ante sus selectiva audiencia.

Y remató: «Este acuerdo ya no funciona. Permítanme ser directo. Estamos en medio de una ruptura, no de una transición… No se puede vivir con la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de la propia subordinación».

Así fue como Canadá gritó al mundo lo que todo el mundo ya venía presenciando abismado: el viejo orden murió y las utopías se han esfumado. Ahora nace un nuevo ¿Orden? O el desorden absoluto entre la hegemonía y su desespero por sostenerse en el poder.  Y las distopías florecen por doquier mientras la historia se reacomoda.

“Europa tiene un nuevo líder”, editorializa El País de España, “lástima que sea canadiense”. Trump retrocede mientras celebra el primer aniversario de su segundo mandato y todavía no se cree que su plan de «paz» para Gaza, un paraíso

inmobiliario supuesto a construirse sobre las ruinas de un genocidio deplorable. No se cree que tras su derroche de poder, el mundo le objete sus delirios.

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